Me lo hizo ella.
Era una mujer menuda y muy graciosa.
Iban acompañándose siempre las tres.
Yo iba a echar unos extras en el restaurante los fines de semana. Los domingos iba desde el desayuno.
Café y tostada por uno treinta.
Se llenaba el salón y la terraza.
Ellas siempre se sentaban fuera, rondarían los sesenta y tantos, y se echaban unas risas dignas de ver. A veces hasta lloraban medio dobladas.
Me encantaban, y debió notárseme.
El primer día que le puse el minibol con el tomate rallado, una de ellas me agarró del brazo:
“No, ella es que no ve, es ciega, ya se lo echo yo”
Entonces la miré y le dije:
“Bueno, ¡Para lo que hay que ver!…Tampoco se pierde usted nada, oiga!…,Ninguno en condiciones a la vista, no se crea, o la dejaríamos sola”

Y aquello le hizo mucha gracia.
Y pasaron dos o tres domingos, y querían que les sirviese yo, y a mí me encantaba servirlas.
Me contaron entre tostadas y aceites de oliva, y entre mesas y clientes algunas de las historias de su vida.
Las conocí mejor. Y empecé a quererlas muy fácilmente.
Porque es que no paraban de reírse de todo.
Y a mí me fascinaba ese desternille constante.

Yo quiero ser como ellas cuando sea más mayor, reirme de todo y no dejar que las tonterías del mundo me afecten, y hasta reirme de ellas. De las tonterías mundanas digo, que hay, y muchas.

Al tercer o cuarto domingo, las vi llegar y acomodarse en la terraza e inmediatamente, como con un resorte a tres, irguieron sus cabezas para buscarme.
Voy para allá, llegaron mis chicas de oro.
Ya no necesitaba tomarles comanda, me lo sabía de memoria, y la marchaba al verlas llegar. Para que no esperasen. Supereficiente encima, oye.
Llegué a su lado con un sonoro buenos días, yo creo que no de cuerdas vocales, sino de vibrar el corazón. Que me lo alegraban mucho.

Entonces se sonrieron y ella, que tenía su mano escondida sobre la falda me lo dio.

Me tomó la mano y me lo posó en la palma:
-Toma, es un regalo para ti
-¿Un regalo?…¡Ayyyyy, muchas gracias!…Y esto ¿por qué?
-Porque eres muy graciosa y nos encanta desayunar aquí los domingos.

Y dijo, como si no fuese con ella:
-Te lo he hecho yo….

Y a dúo, supongo que para confirmar al verme la cara:
-Sí, es verdad, te lo ha hecho ella.

Y aún no deja de maravillarme.

Porque ella se quedó ciega siendo muy pequeñita, de niña, por no sé qué historia de médicos.
Y no entiendo cómo hizo un árbol.
Supongo que los recordaba así, o alguien le enseñó, no lo sé, y lo cierto es que me da igual.
Puede ser un milagro más grande o uno más pequeño, pero no dejaba de ser milagroso.

En una sala de reconocimiento de un consultorio médico, meses después, vi uno igual y pregunté al galeno si ese árbol se lo había regalado una señora ciega.Y éste asintió.

Regalaba árboles a quien quería agradecer de verdad.

Quizás el médico le parecía también muy gracioso.
O a lo mejor es que era bueno curándola de sus males.
O porque la escuchaba.
O que le gustaba su voz, o a lo mejor le habían dicho que era muy guapo.
O ella lo veía así.
Guapo.

Pero a mí no sé por qué.
Algo vio.
Y, es que lo vio.
Porque la gracia la tenía ella en sus ojos del corazón.

Lo tengo expuesto ante los libros en la estantería, y, a veces lo tomo y arreglo un poco los alambres y las cuentas.
Y lo acaricio cerrando los ojos. Como si quisiera encontrar el modo de saber cómo modeló la base y el tronco o como engarzó las bolitas en el alambre trenzado.
Y la siento con esa risita contagiosa.
Uno de los regalos que me ha dado la vida, y que no puedo olvidar.

Poco tiempo después dejé de ir a trabajar allí. Porque tuvo que ser, porque no podía los domingos. Porque tuvo que ser así. Me habia dado tiempo.

Y no me olvidé de ellas.Nunca lo he hecho.
Ojalá me las cruzase algún día.
Les caería un abrazo y un beso como el que le dí cuando me dio mi arbolito.

Mi árbol de vida.
Mi savia mágica.
Justo la sabia que necesito.
La dosis exacta.
La verdadera.

Sin veneno alguno.

LOLA