Ya sabéis que no me molan demasiado los días en pos de los colectivos que necesitan concienciar.
No que no me gusten los colectivos, digo esos días.
No me gusta que se necesite un día al año para concienciar.

Es eso.
Exactamente eso.
Que no me gusta tener que reivindicar derechos que son (de pleno ídem) humanos.

Pero me gustan especialmente algunos de esos colectivos.
En algunas personas los rasgos no son visibles.
A los que no son buena gente, ni siquiera los ves venir.

Pero con ellos, con los downs, está claro desde más lejos.

Y me hacen estar predispuesta a quererlos antes de abrazarlos o de que me hablen siquiera.

Es como cuando la boca se me hace agua al ver un fantástico dulce de chocolate.

Ya sé que me va a gustar.
Sea la hora que sea y en cualquier lugar.

Chocolate…

Sea suizo, belga o mejicano con chile picante
Me da igual que sea blanco, negro.
Me da igual su estado, líquido, o sólido.
No me importa el formato.
Ni si es caliente o está helado.
Ni tampoco el envase.
Sólo que siempre me apetece, y que siempre me sienta bien.
Ese chocolate estimulante, y que mejora el estado de ánimo.
Que hace que me olvide de las espinacas obligadas y de las ensaladas de a diario.

Ese placer de dioses.

Dioses que ellos son.
O quizás sólo sean su capricho.

El capricho de los dioses de los cromosomas

Cromo de color.
Soma de cuerpo.
Síndrome de concurso.

Concurso de cuerpos de colores.

Como el chocolate puro sonrisa para el que nunca tengo fuerza de voluntad.
Me lo como.
Y punto.

Sin necesidad de morder antes ni remorder después conciencia alguna.

LOLA