Durante muchos años la creí, a ella y a lo que ella creía…
No era responsable de lo que ella creía, pero se lo había grabado en la mente con tal fuerza que era la verdad absoluta, y nunca se le ocurrió cuestionarlo.
Ella era como las de antes, mujer abnegada que anteponía su propia vida, sus propios sueños y su propia salud personal ante la de sus hijos y marido. Y estaba encantada oye, no deseaba cambiar eso.
No quería abandonar su zona de confort, porque, y es lícito, su zona de confort la hacía feliz. Al menos eso ha parecido siempre. No tenía por qué romper esa zona si le hacía sentir bien.
Pero yo la veo triste…quizás en la parte más avanzada de su vida, siente que su persona no se ha realizado, que su vida nunca ha sido del todo suya, que no ha llevado las riendas. O quizás no, es hastío, aburrimiento, pereza o pena…que creo viene a tener el mismo origen.
Entre otras cosas le copié, crecí con ello yo creo, mi forma de ser madre y esposa (esposada por las muñecas y engrilletada por los tobillos).
Hoy sé que lo que más deseo es no parecerme a ella, y lo voy consiguiendo, hace años que dejé de imitarla para hacer lo diametralmente opuesto, y porque a mí no me había ido bien, desaprendí y volví a aprender para mis hijas.
Cuando ellas eran adolescentes, que pasamos por una época muy difícil debido al imprescindible divorcio (una de ellas fue la que me abrió los ojos, la verdad), nuestra comunicación se vio afectada seriamente, y es que claro, estaban en la edad del pavo, y, además, según mi madre, no habían tenido suficiente disciplina (con dos padres que no se ponen de acuerdo, ya me dirás)
Ella, mi madre, me repetía una y otra vez que mi fallo descomunal era haber sido amiga de ellas, de mis hijas, y que eso no podía ser…”No se puede ser amiga de los hijos y punto”, me decía, y “por ser amiga te tratan sin respeto”.
Y también me lo creí, y lo arrastré durante años…
Hoy ellas adultas, una incluso una madre estupenda, me están demostrando que no teníamos razón.
Mi primera lección, por tanto fue recibida de mis dos adolescentes. Años para aprender esto.
Tuve la suerte de tener hijas que no pudieron ser comparadas nunca con hermanos varones y que no se criaron, como su madre, en un entorno de absoluto machismo.
Podría escribir sobre ellas, su independencia, su actitud de buscavidas, su autonomía y su confianza conmigo cuando hablamos de sexo, de emociones e incluso cuando me dicen que me admiran o, que también lo hay, que soy una vieja caduca…
Pero quiero, con esta base, y lo que experimento hoy día en mis talleres y sesiones, y en el trato, además de lo que estudio, hablar de los adolescentes…
La adolescencia…
La palabra con connotaciones negativas y justificante a actitudes y conductas…
La etapa, como ninguna otra en la vida, que trae consigo una etiqueta social.
Esos años en que más se quiere decir y en los que menos se es escuchado, esa racha de años en la que por medio de la rebeldía demostramos que no queremos estar sujetos a leyes, normas y obligaciones hasta que no descubramos cuál es su sentido.
Esa etapa donde te afecta realmente, y te lo llevas puesto el resto de tu vida, las comparaciones con los demás, sobre todo hermanos y primos, y que hace que les tengas tirria para siempre.
Esa etapa en la que la mente, el cuerpo y el alma se abren a todo un mundo de experiencias, sensaciones, y necesidades hormonales que saciar.
La época en la que eres capaz de enamorarte diez veces intensamente o una para el resto de tu vida…
Esa misma edad en la que sigues por inercia haciendo cosas que no te gustan, y por rebeldía haciéndolas mal.
En la que los demás no se dan cuenta de que lo que quieres es que lo vean, que lo que quieres es mostrarles lo que no sabes expresar con palabras, pero que te afecta hasta querer irte de casa, llorar en tu cuarto, sentirte incomprendido o pasar el día fuera entretenido con otros especímenes de tu misma escala biológica, no como una ameba perezosa, sino como un homo sapiens de quince años.
Esa época en la que las relaciones sociales priman por encima de cualquier cosa, en la que los amigos toman una importancia vital.

Adolecer, significa carecer, sufrir defecto o vicio, y también sufrir una enfermedad… Literalmente…
¿No es esto una barbaridad?

Yo, no sólo fui adolescente, algo que la mayoría de los adultos olvidan, sino que es la etapa de la vida que más me apasiona.Cuando lo fui no lo entendí, cuando lo fueron mis hijas fue época de conflictos, pero después, cuando hemos dejado de sufrir en casa este “defecto, vicio, carencia o estigma” (qué disparate) lo veo desde otra perspectiva, y lo entiendo todo…
Les observo, les admiro, les entiendo, les animo, les comparto y aprendo. Siempre aprendo.
Que ellos me llegan ya creo hayáis intuido, y ando maravillada, pero que yo les llegue a ellos y que me lo transmitan es lo que me paga con creces todo el tiempo y la reflexión que empleo en ellos. Y cuando dejan atrás esa etapa y veo en lo que se han convertido, simplemente me fascina.
Me merece la pena.

No son un mundo aparte, pero son apartados, los excluimos, por ejemplo, sentándolos en la mesa de los niños en los banquetes, comprándoles tecnología para mantenerlos aislados y haciéndolos sentir niños en la antesala de los adultos.
La exclusión no es exclusiva, valga el redunde, de los diFcapacitados, reflexionemos lo que es excluir.
Otro día hablaré de las etiquetas y de las limitantes creencias que no son otra cosa que verdades que tenemos integradas como ciertas, sin fundamento demostrado alguno.
“Ayuda a tu madre que para eso eres la chica”,
“¿Este?, este se cree mayor”,
“Buah, es que está en la edad de…ya sabes”
”No sé qué hacer con él”,
“No hay quien te soporte”,
“Anda, sí vete con tus amigos que a ellos los quieres más que a nosotros”
“Pues mira que bien lo hace tu hermano, no como tú”
Ellos son cada uno un mundo único, y entre ellos conforman un mundo fascinante creciendo hacia el futuro.

LOLA